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El Mundo reside en Nuestro Corazón

Por Rosemary Atri

La tradición de yoga se fue gestando a través del desarrollo de diversas filosofías que fueron integrándose y traspolándose, a lo largo de muchas décadas.

Las primeras semillas del concepto de yoga se encuentran en los Vedas. Una de ellas, quizás la más trascendental, y que a la vez ha impregnado a otras muchas tradiciones es el reconocimiento de que el ser humano es un microcosmos dentro del macrocosmos del Universo. El entendimiento de este concepto nos conduce a la comprensión de que el mismo poder que crea, mueve, sostiene y eventualmente reabsorbe al universo entero, está presente en nosotros y disponible a través de la pulsación misma de la conciencia del “YO SOY”; una conciencia que pulsa tanto en nuestra mente, como en nuestro corazón. Por medio de este poder creamos nuestra realidad interna y externa, a cada instante; aun cuando no podamos reconocerlo.

 

“El Mundo reside en nuestro Corazón”

dice el Yoga Vasishtha

La historia del yoga, desde los primeros tiempos, ha sido un intento por reconciliar la relación entre el ser, el mundo y lo Divino. En un principio la búsqueda estaba dirigida a como poder liberarnos de la rueda de la existencia Samsara, hasta que en la visión Tántrica posterior, se llega al reconocimiento de la íntima relación entre el ser y el mundo, para decirnos que todo lo que se realice en un plano, puede realizarse en el otro, ya que su denominador común es la Conciencia.

Cuando el yogui puede manifestar verdadera libertad en su cuerpo, puede manifestarla en otros niveles. Este adagio puede traducirse como “Sé el cambio que quieres ver en el nivel de la Verdad cósmica”.
La libertad que buscamos no se encuentra en liberarse del Samsara; mas bien comprende una disciplina de reconocimiento, y en la disciplina misma encontramos la libertad innata o Svatantra.

El yoga puede tener un poder que va más allá de nuestro beneficio personal, cuando, la práctica conlleva tres importante aspectos:

  • Un cuestionamiento permanente, que va más allá de lo intelectual y que comprende el reconocimiento (Pratyabhijña) de esa verdad que se encuentra escondida en nosotros mismos. Consiste en ese constante preguntarnos a nosotros mismos sobre nosotros mismos, inmersos en esta realidad.
  • Sentirse inmerso en una comunidad (Sangha o Kula) que anhela ese encuentro con la Verdad y que se compromete con esa misma búsqueda. En el dialogo y en las reflexiones compartidas, se pueden vislumbrar tanto los obstáculos, como las revelaciones que encontramos en el camino.
  • La práctica, (Sadhana) que puede tomar muy diferentes matices, dependiendo de nuestras inclinaciones. En esa búsqueda de la Verdad, nos sumergimos en momentos en los que la verdad se manifiesta develada, como deslumbres de la Naturaleza Divina. Estos momentos se conocen como Spanda.

Si nuestra práctica llega a tener relevancia más allá de convertirse en un guía personal para desenvolvernos en el mundo, es necesario una auténtica búsqueda de la verdad, no esa verdad relativa y cambiante que nos cuentan los medios de difusión y los políticos. Es el reconocimiento de que nosotros no somos ese juego de luz y sombras en el que estamos prisioneros, por el contrario somos la Luz misma.

La comprensión de que más ira, más odio y más violencia no es lo que nos va a liberar de la constante polarización y la perpetuación del mal y el dolor. Aquello que perpetuamos dentro de nuestro corazón, se perpetúa afuera. Si hay algún valor en la práctica de yoga, radica principalmente en la capacidad de dejar de ver al “otro” tan lejano, tan ajeno y tan distante.

El yoga existe principalmente en el empeño que podemos tener en que nuestras vidas se sumerjan en la conciencia de la unidad, en realizar nuestra práctica con la mira de reconocer nuestra propia unidad para ser capaces de ver la Unidad con el Todo. Ser capaces de ver al Ser en sus múltiples expresiones. Esto no significa dejar de expresar el espectro completo de emociones y sensaciones. Es verdad que podemos estar enojados con las expresiones de odio y dolor que vemos hoy en el mundo, pero un enojo que no se convierte en odio tiene un mayor poder de transformación.

Nuestra práctica no es un hacer, nuestra práctica debe ser una ofrenda. Ofrendamos nuestro trabajo personal como una plegaria para que la ignorancia, el miedo y el odio en el mundo se disuelvan y se transmuten. Sin embargo reconocemos que esa transformación la buscamos primero en nuestro corazón, sabiendo la disciplina que requiere ese cambio en nosotros mismos.

Somos co-creadores de lo Divino, en el sentido de reconocer que nuestra transformación, transforma. Cuando nuestra intención sincera es la sabiduría y el despertar de la bondad, la naturaleza de lo divino se expresa a través de nosotros.

Es necesario trabajar en nosotros mismos, día a día, pero es necesario aclarar la intención permanentemente para poder desarrollar una perspectiva más elevada de ese trabajo personal.

No necesitamos saber más sobre yoga, necesitamos saber más sobre “quien” está ahí en la práctica misma. El Ser es el sentido de la práctica, la experimentación misma de la vivencia del Ser observando y al a vez vinculándose. Saboreamos la esencia del Ser cuando la mente entra en silencio por efecto de la práctica misma, cuando el gozo radica en meramente Ser la Paz que queremos ver en el Mundo.